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Editorial - numero 0 - cuatroporciento
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Editorial – numero 0

Busca un espejo. De cuerpo entero. Desnúdate. Intenta no aparentar: sé tú. Con los hombros caídos, las tetas flácidas, la barriga lampiña y secuelas de várices en los flacos y blancos glúteos.

Mírate los huevos. Mira cómo cuelgan; ese escroto marrón y peludo y tan absurdamente frágil que te hace a menudo pensar en la broma de “la creación”.

Ahora es el turno de la polla. Obsérvala bien. No tanto cómo elemento erótico-lúdico-funcional. Más bien como un trozo de carne. Un gusano problemático que veces huele mal, que está siempre tibia y a la mínima se endurece, menos cuando bebes mucho alcohol, que es precisamente el momento en que quieres que funcione.

Vete a los ojos. Tus ojos. Acerca bien la vista, traspasa las pupilas, intenta llegar a la esencia. Y ahora dime ¿te incomoda lo que ves? ¿ves lo que te incomoda?

En el mundo del porno rara vez ocurre lo anterior. Los espejos sirven para fomentar la lujuria. Para gustarse, ser visto. Impresionar. Falsear.

Por supuesto, también hay escrotos (pequeños y depilados), penes (idílicos) y glúteos (ejercitados). Vulvas lampiñas, tetas postizas, ortos de película, manos pequeñas (detalle).

La penetración es dolorosa, de caras exageradas, de conchas secas. ¿¿¿Y el porcentaje de orgasmos??? Un cuatro por ciento. Ni más ni menos. Lo que paga el porno en IVA en España.

Así seremos. Incómodo porno mirado al espejo. Sin falsedades ni exageraciones. Aunque sí muchas mentiras.

Benno Von Archimboldi

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